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jueves, 27 de enero de 2011

Soy el locutor.

Así es, soy el que habla, soy el hombre que quiere ser palabras para beber tus lluvias con la piel de tu pecho. Soy el que habla, soy el que camina sin piernas bajo el cielo para frenar tus lluvias mansas, para tus lluvias fuertes, para todas tus aguas, las aguas como pedazos de tu piel infinita. Los días libres y las noches que no son más que cielos arrastrados por ángeles caídos. 
Soy el locutor, soy el hombre que habla. Tuyo es mi cuerpo, ese que se sostiene en las mareas más bajas vibrante en el medio del aire. Mi cuerpo se hunde en ríos transparentes y va soltando su aliento lentamente dándoselo de beber al viento.
Soy el locutor, el que habla hasta las lluvias de su infancia, las que crecían entre mis piernas aislando las veredas donde siempre me enamoraba.
Soy el locutor, soy el que habla por la memoria de los días hasta donde mi pecho recuerda las pisadas, como manchas de luz de las sandalias de mi padre y recuerdo los días cuando el cielo rodaba los ríos como un viento, y hasta el agua tan azul que mi padre entraba en ellas y respiraba. Soy el hombre que nada hasta los cielos con húmedas miradas largas.
Soy el locutor, soy el hombre que habla. Gracias te doy por los días, papá. Porque en ellos todavía mis brazos hacen ruido de alas.


27



27.
Y una ráfaga de viento y vos en la playa.
Y era como si el viento hubiera sido inventado nada más que para soplar entre tus cabellos. Y así gritar que, aunque sea invisible, él tenía forma: la forma de tu melena despeinada, en el aire de un amanecer brillante, era la forma del viento.
Una tormenta de verano que cabe en la palma de la mano que la invoca y sostiene.
Y nosotros -vos y yo -ahí adentro, felizmente atrapados entre tus dedos.


jueves, 16 de diciembre de 2010

El campo amarillo

asfixiado por una luz fija. Los surcos escoriados. Todo lo que falta. El ahogo. Por la tarde, el brilo de venas congeladas, los dedos artificiales, los filos, los cuerpos transparentes, fosforecentes. La noche molida por la falta de aire, la saliva metalica, las heladas, lo que emana el barro, el humo, los colores ocres. Abajo, el viento vertical, los valles, las risas de madera, y muy adentro de todo tu corazón apretado como un abrazo de manos humedas. En una espiral sin sol voy descendiendo por peldaños, entrepisos, aguas turbias, cariños ciegos, calles rotas repletas de basura. Hay que pasar una y otra vez por esa herida abierta, desmadrejada de todo lo que turba. Hay que hacerlo para que no se mueran los deseos, para que el viento quede ventilando las noches ennegrecidas, la oscuridad oscilante, las piedras para limpiar el alma.

miércoles, 8 de diciembre de 2010

Este grupo que hace tiempo

deleita vuestros oídos, acepta que los demás han fracasado. El instrumento principal de tales aseveraciones son vuestras caricias. Si pudiera abandonar mi papel y hablar, te aseguraría que el tiempo es la burocracia de tu espacio. Que yo no fui convocado para decir esto y vos tampoco para oírlo. Tu expresión legítima, tu sincera oscilación de pensamiento, acompañó tu carne fatigada por temporadas, entre tiempos o caserías. La verdadera causa emotiva se inclina en otra dirección, tu brillo que resplandece y clama. En lugares atestados, tu declarada aceptación de tus bajezas, tu naturaleza doble, tu estación específica, tu cuerpo que se abre para urgir la tolerancia. Mi quietud. Tu imagen fija que está a la espera de las coordenadas inservibles para abrir de una vez tu corazón.

Porque mi mano ahora no apunta al infinito,

la tierra está acá. Buscaba la certeza y el amor. Iluso, ¿no? Un remedio, un placebo para mediocres. Ahora camino extrañamente confiado en que seré un signo indefinible, la belleza absurda de la página en un diario, mis fotos que no reconozco, la retórica del escándalo y lo que termina de imponerse. Antes o después tal vez me toque escribir mil veces la misma cosa. Me encuentro entre las copas de los árboles, en las canciones melancólicas. Me canto a mi mismo y me sueño en las tristezas de estas horas. Luces apenas distinguida, apenas audible. Lo que pasa es que yo vivo imaginando y no llego a poseer lo que evoco. Bebo café para ver el horizonte que se quiebra en pedazos distintos. En un extremo, las nubes desoladas y el silencio de la espera. Apenas mi voz tiembla y navega por el suelo. Levanto la vista y observo: el sol es una rosa pálida que se incendia.

viernes, 3 de diciembre de 2010

Hoy te doy palabras gentiles,

palabras que cepillo, que son verdaderas y ciertas, que no son pasadas por las risas, palabras que la demora no suaviza ni las gobierna el mérito. Cada día creo que mejoro y me esmero, te lo digo abiertamente porque soy yo de pies a cabeza, y aunque a veces me hace frío, y a veces el corazón me llueve, las palabras calientan mi invierno permanente. Entonces enciendo la luz para tener buena puntería, para amar de corazón y no tener miedo de perder... porque al amar algo siempre se pierde. No temo que mi corazón vuele y se aleje, en verdad, porque no deseo ningún imperio de sal, no quier ser ningún apóstol, sólo quiero que mi corazón arda y se queme. No quiero reparar nada. Que sólo quede lo que me mata y me condena. Son las palabras de hoy que nadan contra la corriente porque el futuro ya no es lo que solía ser.

domingo, 28 de noviembre de 2010

Sobre el fin de la calle

rumbo al Este hay una plaza. Ya es verano y corre una pequeña brisa. Hoy vamos a disfrutar de una noche al aire libre. No hay nada que temer, estamos abrazados a este día, el mundo acontece en este punto minúsculo del universo: soy libre, conozco todo lo que me circunda, soy libre en este lugar, soy feliz.Tengo para proveerte axiomas, música, historias.
Ahora que todo es fresco y reciente, recreo el instante en que empezó. Rozo todo con mis ojos; deliberadamente dejo a la memoria hacer. 
Dejaré que el día crezca en este punto minúsculo del universo. Las palabras alguna vez tocarán las mañanas, todo lo que sin nombre rozó mi instancia, mis bordes, como si aspirara un caudal de eternidad. Apenas marchitas las horas permanecen, se disuelven en el humo de la mañana, como si fueran de este mundo. Al empezar, parezco absolutamente convencido.

Foto: Majo Arrigoni

miércoles, 24 de noviembre de 2010

Este invierno se parece

a una ciudad todavía humeante después de un bombardeo. Del otro lado de todas las cosas, en la niebla, yo estoy listo para llevarme a la frontera. Si todo suena dramático, es para proteger esta ausencia sin brillo, el riesgo de esta soledad sin repetición. Vos no huis del calor ni de tus restos entre los escombros. Hay que llegar al otro lado y escribirte para despojarme palabra a palabra de la demasiada vida que he anotado. Amo este balanceo en la nada, los recuerdos como estrellas en la noche. Te atraigo y te alejo. Mi cueva es este invierno inmóvil, casi irreverente. ¿Hay alguien ahí? No es fácil entenderte. Duele el mundo. Yo soy tu mundo, un galpón atestado de espejos para verte de lejos y de cerca, los límites imprecisos de tu cuerpo. Que el amor sea escrito en las corrientes de tu agua, no sobre la superficie de mi lago en calma. Yo lo escribo bailando sobre tu jardín y desaparezco dejando solamente el sonido de tu huida, mientras tu cuerpo en movimiento canta a través de las miserias de la vida cotidiana.


22/06/2010

lunes, 15 de noviembre de 2010

La última telaraña de la tarde

fue retirada con mucho cuidado. A esta hora muy puntual hemos llegado a la última parte de la noche como una obra maestra recién terminada. a esta hora todo es vital y recién comienza y termina. Bajamos la cabeza, movemos los dedos, pero jamás hallamos la voz para responder. Esto podría ser el rostro, la reencarnación de la verdad, una tarde plena de ámbar, la oscura veta y una noche sin palabras. 
Hoy hay hermosos jirones de muchos colores, que la mejor parte nos arranca y le da la bienvenida al tiempo. Tu astucia le agrega palabras cada vez más pequeñas. Todas tus risas buenas viajaron y los que lloran se quedaron despidiendo errores, los muchos que vivimos cometiendo. Algunos quizás estén ocultos en sueños profundos, otros tal vez se queden atrapados entre lo que ignoran y saben. 
Ella elije entre la tristeza y la nada. Yo sólo le pido que esa palabra jamás quede atada a su nombre.

El sentido de nuestra vida

no se clausura acá. Paso a paso tu cuerpo va a cartografiar el mundo exterior y va a hacerse cargo de su precariedad. Todo te sirve para mitigar la angustia, ella te da la espalda y la soledad. Es así. La certeza de lo efímero, la posibilidad real de la supervivencia. Estamos solos sobre el corazón de la tierra y de pronto anochece. ¿Qué hace el miembro de algo, alguien que es parte de una mentira cuando se da cuenta de que eso es algo que no existe? Es así, es una maravilla ignorar el porvenir porque nunca encontramos la soledad: la hacemos. Podés oír la noche y sus habitantes que cantan lastimados, los hermanos desnudos que tiemblan de miedo, los amantes que velan abrazados al viento de la locura, los amigos que vuelcan sobre su corazón la soledad de los siglos, la muerte que no va a florecer en tus ojos si no buscas más allá de la vida, todos los que guardan su matriz sin tiempo, las bocas comunes que sangran y dejan manar un compromiso mutuo, un paraíso denso que crece bajo la ley de los que desean. Afuera la noche, su claridad mentirosa que funde sus diferencias, lo sombrío que agrieta tu claridad; el corazón, el mío, que solloza recordando todo lo que no he olvidado.

jueves, 11 de noviembre de 2010

Al sur de esta tarde

vuelan los días, pero el mes es seco y cenciento y las ramas de los árboles suenan haciendo ruido entre el viento. Que esta tarde se llene de alegría, seguro alguien va a haber compadeciéndote como si fueras la premonición de algún deseo. Las nubes arrastran el frío de la mañana, hacen canciones con esqueletos de sonidos. Todo es una lujuria lentísima que socava. Vientos, jardines, chicas solitarias. Arranquen esta aguja clavada en mi corazón, hagan que deje algo menos inútil a mi paso, una gota de sangre, una sola gota de sangre que no sea sangre de la nada. Quisiera vivir mi vida entera aquí. Quisiera morir aquí mi muerte entera, mi destino coronado como lo único puro, lo único fértil y salvaje, la herrumbre de algo que debió ser espléndido y para lo cual siempre me creí concebido.

miércoles, 10 de noviembre de 2010

Quedate,

quedate así, sobre la playa, pero en los sueños. Sobre esa playa que es tuya. Un leve movimiento y la mañana puede asustarse y arrastrarse hasta una zona oscura. Quedate así, quedate en esta cama ajustada de un poco de dicha. Los minutos también sueñan esa distancia que siempre te devora. Puede crecer el sonido del viento, los días pueden incendiarse tras la demencia de las horas, la gente pude llegar, es casi el verano pero nada debe turbarte. Quedate así, abrazada a mí, como quien ha caminado mucho y se acerca a un descanso misterioso. 
Hay cosas que se pueden ver y otras que no desde un campo lleno de girasoles. Se puede ver el peso trillado de todos los soles sobre una cornisa, pero nunca es así porque ya sería demasiado el peso de la primavera sobre todas tus ventanas.
Voy a hacerte el bien. Es la única manera de no estar solo.

miércoles, 3 de noviembre de 2010

A lo lejos, entre la ciudad,

entre las ramas, el techo de tu casa, la frontera de tu tierra. Por tu barrio brama tu soledad, brilla tu río, montones de sonrisas, cielos sin nubarrones, el viento de tu alma, lo extrañado de tu sonrisa, las hojas secas que crujen día y noche. Dentro de mi se huele el humo de tu fuego; soy el perro que ladra esperando ser reconocido, el calor del sueño de tu dios dormido. Una duda cruza el ojo de tu cerradura. De nuevo calor, todo inmóvil. Tu mirada triste se derrama sobre el día, sólo sobre los árboles, la sed que corre por tu cuerpo. Silencio. Vos lo sabes bien, ¿para qué vivirlo? Hay algo que falta en tu día y no te decidís a buscarlo acá. Evidentemente es el sentido de tu vida, de esa vida que para todo el mundo está mal hecha, mal vivida, explotada, alienada, engañada, mistificada, pero acerca de la cual al mismo tiempo sabés que podría ser otra cosa. Es curioso: sos como algunos niños que sufren por no haber tenido suficientes horas de plaza. En el fondo querás que te amen pero, como en ciertas relaciones, no estás dispuesta a mejorar o aceitar la unión que te proponen. 

Ahora bien:

la primera vez que te vi me sentí inundado por una cascada de imágenes visuales. Las cosas que decís, siento que puedo extender mi mano y tocarlas, saborearlas. Debo decir que luego de pensarlo un rato me doy cuenta de que en alguna forma estamos relacionados, en una forma muy rara, por supuesto. 
Hasta acá todo va bien. He alcanzado un estado de trance, puedo flotar sin hundirme. Siento que te conozco íntimamente, tus pensamientos, tus dudas, tus miedos, y entonces, siempre con retraso, me las ingenio para cantar una canción que no conozco, una tarea despreciable y extrañamente vergonzosa. Tu cara de entusiasmo y deleite me hace sentir pequeño. Es un trabajo raro, pero fácil. Me pregunto por qué no te he amado antes, por qué no me he dejado. Una pequeña pesadilla. Te podes ir, te das cuenta. Me das las riendas pero conocés muy bien la rutina de la histeria. La primera noche del resto de nuestras vidas la pasamos sin sexo. Estabas lívida. Sentí que no podía repetir tu nombre, que de ahí en más estaba atado a la nostalgia temporal de reclamarte.

Junio 2010

martes, 2 de noviembre de 2010

Cierro los ojos,

silbo una canción que me encanta. Estoy en casa y falta mucho para salir. Tomo té. Estoy haciendo lo de siempre y veo mi propia vida como podría verla un extraño, un extraño nada comprensivo. Encuentro siempre la misma historia pacientemente repetida: un muchacho melancólico vagabundea por su casa. En mitad de la noche me despierto y pienso si estoy ante un desierto o un mundo de cristal. Cada tantos años me disuelvo en un tubo de cristal. Es como cumplir con una obligación, es como salir de un tubo de ensayo, es como no nacer. Aquí hay cero biología. Al caminar junto a ella, mis instintos protectores se despiertan. Me froto los ojos. Estoy en el límite de la neutralidad. Ella se alimenta de la velocidad. Ella es el ojo del universo. De todo lo poco es como un río; de todo lo mucho es como un cielo. Cruza la tarde como un sol ceremonioso; sus ojos lloran pecas en su pecho. Ella está atrapada en su fuego y es un espiritu vagabundo. ¿Cómo protegerla sin sentir un gran alivio? Sigo siendo su amigo. Ella no me aburre, me atrae como un iman. Es como quedar pegado a una novela mejicana. Semanas tras semanas interminables que duran una vida. Me siento convertido en un corazón invadido. Adherido a su reflejo, a su naturaleza acuática.

Años despues, seguro,

voy a evocar estos días como una seducción, una seducción y un disparo apenas errado. Una época en que mi recuerdo del mundo que me rodea, de las calles, los taxis, el mar de luces nocturnas, será brillante y de proporciones heróicas, como un sueño, hasta el punto de sentirme casi disociado. Esta es la sensación que te viene al recordar olores y sonidos, el rugido de la calle, el viento en la cara, la vida de varias chicas que arruiné, pasillos y rayos de luz,
el aire teñido del último recuerdo del calor que persiste en la llovizna. Pateo los sueños de hazaña y gloria. Me siento en un umbral cualquiera para ofrecer una mano a quien venga. Pero nunca hay nadie a quien ayudar. Se apagan las luces nocturnas, montones de amarillo y rojo en la mañana, edificios apretujados como estrellas. Vuelvo con el sol sin tener con quién hablar. Me siento bruscamente consciente. Creo que al fin voy a poder dormir. Tengo miedo, siento que se me deslizan los sueños. Tengo miedo de haberme equivocado. Recuerdo haber pensado ya no estoy adentro mío.

Por mas que des vuelta la llave,

cuanto mas intentas dejar todo atrás ya nada se cierra, nada se abre, queda una sombra, parte de este naufragio y se invierte y se cae en una mirada más profunda a tu pasado cada vez menos audible. Adentro tuyo tus gestos se insinúan hacia afuera, tu voz no alcanza. Ya sin sonrisas puertas o palabras, ahora te veo cantando por la calle de la melancolía. Te vas perdiendo en la nada. Yo, lo mismo. Sin canciones, sin aire, sin recuerdos de los lugares que ya me he olvidado, solamente tu voz dentro mío resuena, aunque ya no se si la quiero escuchar. Somos el aliento al borde de la noche, las noches olvidadas y mucho más todavia. Así que te pido de una vez, acordate de aquellas palabras remotas, alguna que otra vez, escuchá las voces amigas; una vez y otra vez baila sobre el hilo del olvido. De vez en vez colocá una piedra sobre el silencio. Esta vez sumergite en la corriente que te aleje del adiós. Vos sos mi palabra preferida, la que lo recuerda todo.

Aunque cierres los ojos,

huelas u oigas, este soy yo, no lo dudes. Hasta el viento que te da en la cara, soy yo; hasta la lluvia que cae sobre vos, soy yo. "No sos vos" estas a punto de decir, pero me saludas sin quitarme los ojos de encima. Vos también te quedas ahí mirando y mirando, pendiente, tal vez, cada uno de mis moviminetos. En este lugar no hay paz ni actitud, pensas. Pero estas dudas te hacen acercarte aún más. Ahora sopla el viento del sur. Ahora vos te extendés a encender un cigarrillo con el fuego y te extiendo. Respondés a cualquiera de mis llamados pero especialmente a ese que por común siempre te asombra. Como a mí. Tus vueltas -cuando vuelvo a vos y todo esta asombrosamente en su lugar y todo es distinto- igual que tus latidos, recuerdan viejas emociones. En cada una de mis palabras hablan mis despedidas, pero cada una tiene su propia voz e incluso su propio silencio. Ya somos inmensos como el mar pero aún podemos ser más pequeños. Vamos entonces, éste es el momento de salir a la calle y como todas las noches recorrer el mundo, el que late en tu piel que se cansó de las traiciones que te brindaron al instante. Hubiera querido llevarte de la mano a jugar a los muertos de amor y a los muertos de miedo; hubiera querido mirarte sin espejos y vos viajando invisible al sol; hubiera querido decirte todo lo que no te dije; hubiera querido no esperarte tanto; hubiera querido contarte de mis días y mis noches hechas pedazos; hubiera querido que no atendieras mis dudas infinitas; hubiera querido amarte más y perdonarme menos; hubiera querido tener un sombrero para decirte adiós y no un hasta luego.

Anoche tuve un sueño:

vos y yo nadábamos en un río inmenso y después descansábamos al sol sobre una playa de piedras redondas. Sonriendo éramos felices. No es que deseáramos evadir las leyes generales de la vida, pero éramos ajenos. Sólo eso. No era la construcción de lo salvaje ni la acumulación de lo que tiene razón. Perfectos y ávidos para el amor, en fin, ¿qué puedo decir? ¿Qué me ha dejado la mañana? Un camino vacío, un puente o muchos a tu alrededor, y yo me subía a todos o algo así. Mis labios se pegaban a vos colgando de tus puentes que no sé si estaban ahora rotos para siempre. Vos llegabas al borde de tu ciudad, ahí, donde ceden las últimas cosas. Nunca pudiste cruzar esa frontera, creo. Nada de excesos en torno al asunto de los límites. Así, deja que las raíces de tu exilio sean interiores, que tus raíces nunca se replieguen temerosas de cruzar la zona del corazón, con el cuidado de la angustia. Tu invernadero de emociones es ideal, es tu precisión volando en linea recta como un desafío. Que sea un privilegio construir tu paisaje, tu escenario fiel, y mirarte ahí para toda la vida. Que sea un triunfo de la elaboración para quien sabe darse cuenta lo que es estar. Que yo represente esa idea: poder amueblar tu mundo y en cuanto a tu vida, vivirla como una cuestión intensa, que seas el icono de todo lo que me acuerdo cuando digo gracias.

Tomamos un pequeño departamento

al calor de esta historia que empezaba. Fuimos a un pueblito de la costa y todos miraban nuestra dulce suficiencia, nuestra ambigua cercanía cuando tomábamos sol, los leves empujones buscándonos en juegos, las risas incontrolables, el jubilo de las luces y las compras, los días de cenas solitarias, y un remolino oscuro de murmullos se levantaba al paso como una nube tonta.
En sólo quince días avivamos sentimientos contrarios, un dolor adormecido, una imagen quieta de la felicidad. Recordaríamos más que nada de aquello, nada. 
Nuestra casa se venía abajo, la coartada airosa de nuestra derrota, para hablar del deseo sin entendernos nada, las noches enlazadas de nuestros cuerpos, sus marcas blanquísimas y un sobre con postales de vocación turística que guardamos siempre como un talismán, los recuerdos que cortaban las tinieblas, las personas murmurando y esa imagen, la de mi chica, en bikini, diciéndome nunca te vayas.