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lunes, 15 de julio de 2013

Invitación a una Reunión Tumultuosa.

Por Pablo Durio | Literatura


Ahí lo tienen a Tom Sharpe: está muerto. Está muerto el hombre que ironizó sobre las costumbres del mundo y se rió particularmente de las costumbres inglesas y –lo mejor de todo- de las costumbres inglesas en las colonias sudafricanas. Llévenselo.

Ahí lo tienen a Tom Sharpe: está vivo y acaba de nacer en Londres. 30 de Marzo de 1928, escribe alguien en los registros. Su padre es un cura británico al que los judíos evidentemente no le caen muy bien ya que, con la llegada Hitler al poder, abandona el nacionalismo para volverse lisa y llanamente nazi. Oh Fürher, my Fürher. Y su madre vive tan enferma que jamás puede encargarse de él.

En Cambridge (la Universidad a la que asiste para estudiar Historia y Antropología Social) se siente tan sólo como se sentirá más tarde en la Marina: es un pobre entre los ricos o, para ser más claros, es un inglés pobre entre ingleses ricos. Intenta escapar del clasismo inglés pero, es evidente, Tom no tomá buenas decisiones: en 1951 y con 21 años busca refugio en Sudáfrica (primer mala decisión) y hubo un pequeño detalle que no tuvo en cuenta: no está de acuerdo con el apartheid.

Ahí lo tienen –ahora- a Tom Sharpe: está en medio de Sudáfrica y todavía sigue siendo un escritor serio y detesta el fenómeno de segregación racial que cubre toda su vida cotidiana. Trabaja para el Departamento de Asuntos No Europeos (realiza trabajo social); es profesor en un colegio privado pero se agota de todo y se termina montando un estudio de fotografía en Pietermartinzburg mientras escribe una obra política llamada Los Sudáfricanos, que ataca la política racial del país (segunda mala decisión). Aunque la obra tiene una pequeña tirada en Londres y ninguna en Sudáfrica, la Oficina de Seguridad del Estado y la policía secreta le siguen los pasos, lo llevan preso y debe pasar la (feliz) Navidad de 1960 en la cárcel hasta que en 1961 finalmente es deportado a Gran Bretaña.

“¿Comunista yo? –se pregunta Tom Sharpe- nunca lo he sido. Sólo era antiapartheid, contrario al trato que se le daba a los negros. He visto tanta gente morir de tuberculosis, con los hijos al rededor. Era tan terrorífico que me superó, y entonces encontré trabajo como profesor en un colegio privado pero los directores eran todos homosexuales y también me hartaron. Así que compré una cámara de fotos y monté un estudio. Y durante cinco años hice casamientos, bautismos, sucesos, de todo mientras escribía libros contra el apartheid, pero nadie me los publicaba porque había censura. Hasta que me detuvieron, me metieron en prisión con todo tipo de asesinos, y finalmente me expulsaron del país”.

No hay pasaje de vuelta pero el Sharpe ingenioso ya encontró la forma en que quiere contar el mundo: con ironía observó el comportamiento de la sociedad y se nutrió de todo el material que luego le darían forma a los libros Reunión Tumultuosa y Exhibición Impúdica.

La inspiración para Reunión Tumultuosa le llega de la tía de un amigo que solía vivir cerca de le estación de policías, en Sudáfrica, y que se quejaba constantemente de que “los gritos de los presos (torturados) la perturban a una de la siesta”. Lo decía recién levantada y con el dorso de la mano puesto sobre la frente. Así de considerada era la señora, como también lo era la policía (otra de las inspiraciones) a quien
Sharpe dedica el libro: “a la policía sudafricana, cuya vida está dedicada a la preservación de la civilización occidental en el sur del África”.

Los libros de Tom Sharpe son farsas irónicas sobre la realidad y están repletos de muerte y dolor (él dice que es así porque ha visto muchos muertos y mucho dolor en su vida) y no tratan de amor porque “el amor y la farsa no hacen buenas migas”.

Existe una anécdota antes de su muerte: Tom Sharpe tiene que asistir a una gira promocional de sus libros en España y da una entrevista para la televisión. En medio de la entrevista él comienza a sentirse mal y su mujer Nancy y su editor Jorge Herralde (Anagrama) lo llevan hasta la clínica Corachan donde un médico le diagnostica angina de pecho. No se sabe si Sharpe se asusta o no, pero sí se sabe que le regala al doctor su cajita de rapé (una mezcla de tabaco y aromatizante que se aspira) y promete no consumir más tabaco.

También se sabe que, al volver a ver a sus hijas, Tom Sharpe les explica su miedo o su seguridad: cuando ellas peleen con sus maridos, seguros ellos vendrán con un video en las manos y les dirán “vamos a ver ese video tan divertido de tu papá muriéndose”, eso algo que seguro diría alguno de sus personajes porque ese es el humor de Tom.

Finalmente, entre habanos y whisky e ironías, el 6 de Junio de 2013, Tom Sharpe muere en España, ya que nunca quiso volver a Londres.

***

Fragmento de Reunión Tumultuosa: 

(La señorita Hazeltone es la versión Tom Sharpe de la tía de su amigo a la que no dejaban dormir la siesta).

La señorita Hazeltone telefoneaba para informar que acababa de matar a su cocinero zulú. El comandante de puesto podía hacerse cargo perfectamente del asunto. Como policía, también él había matado a tiros en su tiempo a muchos cocineros zulúes. Además había ya un procedimiento establecido para resolver estas cuestiones. El comandante inició la fórmula rutinaria. - Usted quiere informar de la muerte de un cafre -comenzó. - Acabo de asesinar a mi cocinero zulú –gruñó la señorita Hazelstone. - Eso fue lo que dije –dijo él conciliatorio-. Que quiere usted informar de la muerte de un negro. - Yo no quiero hacer nada de eso. Le he dicho que acabo de asesinar a Cinco Peniques. El comandante lo intentó de nuevo - La pérdida de cinco peniques no constituye un asesinato. - Cinco Peniques era mi cocinero. - Matar a un cocinero tampoco constituye un asesinato. - ¿Qué es entonces un asesinato? –la seguridad de la señorita Hazelstone en su propia culpa comenzaba a tambalearse ante el diagnóstico favorable de la situación dada por el comandante. - Matar a un cocinero blanco puede ser un asesinato. Es improbable, pero puede ser. Pero matar a un cocinero negro no. Bajo ninguna circunstancia. Matar a un cocinero negro se considera defensa propia, homicidio justificado o eliminación de basura. ¿Ha probado usted a llamar al Departamento de Higiene? –preguntó.

Obra: Reunión tumultuosa.
Autor: Tom Sharpe.
Editorial: Anagrama
228 páginas.

martes, 11 de junio de 2013

Bienvenido a mi pesadilla

Por Pablo Durio | Literatura 



Tim Burton vive en un universo paralelo donde se cuentan al mismo tiempo millones de cuentos de hadas oscuros y pop. En ese universo la princesa probablemente esté muerta y tenga grandes ojos y grandes ojeras y el príncipe no sea más que un pibe perturbado y sensible que no soporta las sonrisas marca Avon que se pavonean orgullosas e hipócritas a su alrededor. El universo Burton es una burla negra a un mundo al que no para de escupir aunque su enojo sea dulce y las historias no sean más que historias de amor.

Pero al igual que todos los universos (paralelos o reales), el de Tim Burton tiene una grieta importante: para regocijo de sus principales detractores existe una foto de un joven Tim peinado y sonriendo. La catástrofe, el símbolo de que su pelo alguna vez tuvo orden y su sonrisa un motivo válido: el último y único elemento que cuenta de otra forma la infancia que él describe como “muy atormentada”.

Era 25 de Agosto de 1958 cuando Bill Burton –que trabaja en Parques y Paseos luego de una fugaz carrera en el beisbol– y Jean –que tenía una tienda de regalos para gatos cuando nadie apuntaba al mercado de las mascotas llamado Cats Plus– tuvieron a su hijo Tim. Probablemente nació de noche. En la noche de Burbank: una tierra feliz para los padres, pero “un lugar maravilloso desde el punto de vista infernal”, según el niño. “Cuando uno es chico piensa que todo es extraño. Y, a su vez, uno piensa eso porque es chico. Pero un día uno descubre que ya es un hombre y que… todo es extraño”.

Burton no se lleva bien con sus padres, no les habla –al día de hoy no les habla– y probablemente no lo haga nunca. Y no sólo sus padres lo molestan, también lo molestan el entorno, la fingida felicidad, el subtexto de normalidad: “Creo que en el ambiente en que yo crecí, sí, había un subtexto de normalidad. Ni siquiera sé lo que significa la palabra, pero está atrapado en mi cerebro. Es extraño. No sé si es específicamente estadounidense o estadounidense en el momento en que crecí, pero hay un sentido muy fuerte de la categorización y la conformidad. Recuerdo que estaba obligado a ir a la escuela dominical a pesar de que mis padres no eran religiosos. Nadie era realmente religioso, sino que era sólo el marco. No había pasión por ello. No hay pasión por nada. Sólo un lugar tranquilo, algo vaporoso, un tipo de semi-opresión, ¡una paleta en blanco en la que usted está viviendo!”.

La paleta está totalmente en blanco y él quiere llenarla de colores, bueno, en realidad, quiere pintarla totalmente de negro y revivir a personajes muertos y matar a personajes vivos y jugar con cadáveres que cantan y bailan y robarse la navidad en un intento desesperado de que lo quieran, el niño Burton quiere crecer y trabajar “de ser el hombre que está dentro del traje de Godzilla”. Es un pésimo alumno, nunca leyó un libro, fundó el Club del Cementerio y filmó una película con muñequitos titulada The Island of Doctor Agor y su disco favorito es Welcome to my Nightmer de Alice Cooper. Cuando llega la noche se la pasa dibujando (es su modo de escapar de este-mundo a su-mundo) y, ya en la cama, le reza a su dios privado: Vincent Price.

Al terminar el secundario obtiene una beca para ir a CalArts (California Institute of Arts) fundado por el Sr. Walter Elías Disney ahora muerto y por su compañía ahora desesperada por encontrar a su sucesor, alguien que dibuje como Walt, alguien que pueda continuar con su legado de princesas platinadas y ratones que sonríen paranoicamente mientras mueven una varita mágica al ritmo clásico que le marca la orquesta de Philadelphia. “Me pusieron a dibujar para el zorro y el sabueso (un dibujo animado muy popular en los Estados Unidos). No me salían. No podía dibujar esos zorritos a la Disney. Los mío parecían topadoras”, recuerda Burton, que duerme 14 horas diarias (10 en casa y 4 en el trabajo –en un armario o debajo del escritorio-) hasta que lo trasladan y lo dejan dibujar lo que quiere. De esos dibujas nacerían, por un lado, los bocetos de lo más tarde sería El Extraño Mundo de Jack, y los poemas ilustrados de su libro: La Melancólica Muerte del Chico Ostra.

Escrito en 1997 y editado en español por Anagrama, al libro lo forman 23 historias con dibujos incluidos, narrados como poesía donde los personajes están repletos de desventuras e ideas atormentadoras y pasados horribles y futuros oscuros: algunos mueren, algunos están repletos de alfileres y no pueden moverse, otros tienen muchos ojos o muchos cables o están hechos de chapa o son directamente devorados por sus padres porque dan toda la potencia sexual que los progenitores han perdido y quieren recuperar: “supongo que si os coméis/ a vuestro niño podréis/ saciar el ansia carnal”, les dice el muy tierno y considerado doctor a los padres.

La enorme pecera que muestra detrás de los ojos de Tim a este desfile de personajes solitarios y diferentes y tiernos está explicada por las mismas fuerzas internas que movilizan a toda la marca Burton: el mundo es una porquería y los cuentos de hadas son mejores y sobre todo si tienen a la muerte y la oscuridad como marco narrativo, porque, se sabe, “cuando uno no tiene muchos amigos, y tampoco tiene una vida social, se convierte en alguien que puede observar las cosas, no tiene que hacerlas. Hay una extraña libertad al no tener que tratar a la gente como si fuera parte de la sociedad o alguien que tiene que cumplir con las relaciones sociales”.
Si el mundo fuera justo y estuviera bien contado, el universo Burton debería presentarse y terminarse con Alice Cooper cantando Welcome to my Nightmer, que es la invitación del mismísimo Burton, entre ropas negras y pelos despeinados:

“Bienvenido a mi pesadilla, 

Pienso que te gustara, 
Creo que vas a sentir que perteneces. 
Nosotros reímos y gritamos aquí, 
porque la vida es solo un sueño aquí, 
Sabes que por dentro te sientes en casa… 
Bienvenido a mi pesadilla, 
Bienvenido a mi locura”

La melancólica muerte del chico ostra.
Autor: Tim Burton
Editorial: Anagrama
137 páginas

martes, 4 de junio de 2013

El Rey ha muerto.

Por Pablo Durio | Literatura

Existe una Agencia Tributaria en los Estados Unidos de Norteamérica. Esa Agencia está subdividida en cuantas partes hace posible el monstruo enorme de la burocracia estatal, el organismo que representa el nivel mayor de aburrimiento y de complejidad absurda e inútil. Una de esas divisiones son los Centros Regionales de Examen, entre los cuales hay uno en particular, en Peoria, Illinois, en donde empiezan a registrarse una enorme cantidad de empleados con extraños superpoderes, algo así como unos X-Men pero sin sus trajes de cuero y cuyas mutaciones se mezclan entre lo inútil y burocrático y el sinsentido irónico narrados por un David Foster Wallace al borde la muerte, al borde de un árbol.

David Foster Wallace, voz-influencia-escritor estrella-generacional, está escribiendo sobre el aburrimiento y está cerca de los 50 años (tiene 46) y lleva 10 años escribiéndolo e investigando sobre ello (hasta llega a tomar un curso sobre contabilidad), cuenta con casi 2.000 páginas ya escritas en cuyos márgenes y pies hay un millón de notas y detrás de sí está su esposa, su editor, su agente literaria, la editorial para la que publica, el mundo entero que lo espera ansioso pero, sobre todo, los restos del único de los males que lo acompañó siempre: una terrible e incurable depresión.

Los médicos dicen que está estable, que después de su adicción a las drogas y al alcohol y a las malas compañías y a la soledad sólo lo espera un camino más tranquilo, no saben si de felicidad (nadie tan inteligente puede ser totalmente feliz) pero por lo menos de paz. Es el año 2008 y hace 6 años que conoció a la mujer con la que está casado: Karen Green, quien en 2002 se acercó a él ofreciéndole pintar paneles sobre su obra y él no sólo que aceptó los paneles, sino que también a ella y a su hijo. Llevan una vida tranquila: ella pinta, él da clases de escritura creativa (actividad que le da de comer) y escribe lo que él mismo llama “the big thing”, y su editor se muestra preocupado: llama a David para que asista a las reuniones y presentaciones y charlas que tiene pautadas pero recibe como única respuesta que ahora no, “sabes que si me lo pides iré, pero por favor no lo hagas, estoy trabajando en algo grande y sabes que si me distraigo me cuesta volver al trabajo”. Esa gran cosa es El Rey Pálido.

En una carta escrita a Jonathan Franzen (su amigo-enemigo-competencia literaria- y segundo puesto eterno en la lista de escritores miembros de la Generación x –el primero será, vivo o muerto, David Foster Wallace-) puede leerse lo siguiente: “Me siento, digamos, peculiar, que es la palabra adecuada para escribirlo. (…) Escribo a regañadientes, sumido en sentimientos ambivalentes acerca de lo que hago, hundido en el dolor. Estoy cansado de mi mismo, de mis pensamientos y asociaciones mentales, de la sintaxis, de hábitos verbales. Mi trabajo atraviesa por una fase de gran oscuridad, lo demás es luminoso y gratificante. De modo que puede decir que estoy relativamente feliz”.


Retrato de David Foster Wallace.
En el “relativamente” es donde finalmente se cuela la verdad: el 12 de Septiembre de 2008 Karen Green vuelve a su casa y encuentra a su marido muerto. DFW se quitó la vida.

“Lo bueno de todo esto: he perdido cerca de 10 kilos. Lo malo: ni siquiera he pensado acerca de escribir desde Septiembre. Y creo que no van a pasar hasta al menos 90 días antes de que me pueda poner a trabajar, aunque mi psiquiatra diga que estoy en una etapa bastante sana”, le había escrito a su agente literaria Bonnie Nadell, cuando ella quiso saber cómo andaba su trabajo.

lunes, 13 de mayo de 2013

Al escritor que me enseñó la muerte


Por Pablo Durio | Literatura

En la imagen se lo ve a Guibert solo, con la piel pegada a los huesos de la cara, con ropa que –ahora- le queda grande. Está flaco y solo y de esa belleza francesa que lo convirtió en uno de los hombres más lindos y polémicos de Francia queda poco. Casi nada. Le quedan sus ojos, siempre le quedarán sus ojos, aunque de uno casi no vea.
Está sentado en un sillón grande de madera de un cuerpo y se arremanga tanto la camisa roja como el saco azul. Espera una inyección, una más, una de tantas. De fondo se escucha su voz, en un impecable francés, que relata lo que estamos viendo. Se acerca la enfermera, lo toca, lo inyecta. Hervè Guibert, que nació en 1955 en una familia clase media cualquiera de París, tiene SIDA. Se está muriendo.

La imágenes corresponden al documental que grabó sobre su vida y sobre su muerte –sobre todo de esta última- llamado El Pudor o El Impudor. Ese es su relato final.

Fue fotógrafo, actor, director de cine y escritor. Fue periodista y escribió para Le Monde una columna sobre fotografía. Y ni siquiera todo su talento pudo opacar lo que la sociedad francesa le reclamaba y le reprochaba: que fuera abiertamente homosexual, que le gustaran los hombres, que escribiera todo el tiempo sobre sí mismo y que sus obras no fueran más que una mezcla “fría, glacial, insoportable y cruel” de autobiografía y ficción.

Guibert sabía que la sociedad no aceptaba sus gustos y quizás por eso decidió luchar abiertamente contra ella. “Cuando veo el hermoso cuerpo desnudo, carnoso, de un albañil en una obra, no sólo me gustaría lamer, sino también morder, jalar, masticar, tragar. No descuartizaría, según la moda japonesa, a uno de esos obreros para apretujarlo en mi congelador: me gustaría comerme la carne cruda y vibrante, cálida, dulce e infecta”. Vivió su vida pública como gay, aniquiló su cuerpo social hablando sobre la enfermedad y sobre lo que los demás llamaban su “suicidio sexual”, y se metió con uno de los máximos exponentes de la intelligentsia francesa de la época: uno de los amores más importantes de su vida fue Michel Foulcault, y sobre él escribió el libro que la catapultó al éxito, Al amigo que no me salvo la vida (1990).

Pero Hervè tuvo otros amores: Thierry Jouno, y un adolescente de 15 años al que se conoce como Vincent M. y sobre el que escribe el libro Fou de Vincent.
En 1988 le diagnostican SIDA y él vuelve su enfermedad el centro de su obra. Guibert coquetea con la muerte, baila con ella hasta que ella lo seca y lo aplasta y sobre ella dice: “La amordazan, la censuran, pretenden ahogarla en el desinfectante, asfixiarla en el hielo. Yo quiero que saque su voz potente y que cante, diva, a través de mi cuerpo. Será mi única pareja, seré su intérprete. No dejar que se pierda este manantial espectacular inmediato, visceral. Darme la muerte en el escenario, ante las cámaras. Dar este espectáculo extremo, excesivo de mi cuerpo, en mi muerte. Escoger los términos, el progreso, los accesorios.”

Mientras pasan los años y la enfermedad avanza, el coraje de Guibert (quien a esta altura ya sufrió la muerte de varios de sus amores y sus amigos) disminuye y aparece la vergüenza de afrontar la verdad ante su familia. El hombre que escribió todo lo que quiso sobre su romance con uno de los filósofos más importantes de la historia y que hizo pública su condición sexual sin la autorización de este último (cuando Guibert publica Al Amigo que no me salvo la vida Foulcault ya estaba muerto); el hombre que aceptó e hizo frente, estóico, a todas las críticas; el hombre que usó su talento como un revólver que sostenía mientras apuntaba mirando entre sus rulos para disparar al centro de un mundo que no lo entendía, sosteniendo la mano de otro hombre con fuerza, ahora tiene miedo de la mirada de sus padres: “Mi preocupación principal en todo este asunto es morir lo más lejos posible de la mirada de mis padres.”, anota, Guibert, con un brillo triste en la mirada y con el revólver ahora descargado, con la mano cansada.

Citomegalovirus, diario de hospitalización, trata sobre su muerte, sobre su soledad, sobre sus miedos pero también sobre su sentido del humor.  En el relata el período que estuvo internado tratando de no perder un ojo (citomegalovirus es –la obviedad de la no sorpresa y la redundancia- un virus común para los enfermos de VIH antes de la aparición de los antirretrovirales en 1996), entre el 17 de septiembre y el 8 de octubre de 1991, y escribe como una protección, como un antidepresivo. Escribe porque ya casi no puede leer y escribe porque ha decidió que hasta el último momento hará lo que se le antoje y se revelará contra todo el canon de la literatura francesa que llama a sus relatos peyorativamente como “literatura del yo”, y lo tildan de narcisista. Escribe para hacer pública su vida para que nadie después diga que él jugó con la publicidad de la vida de Foulcault para hacerse famoso y luego esconder la propia. Hervè amaba a Michel y lo extrañaba.

¿Por qué diablos no se terminará de juzgar al narcisismo? ¿Cómo un sustantivo encantador y serio pudo volverse tan trivialmente peyorativo? Lo que se denigra como narcisismo: ¿no es acaso el mejor de los intereses a los que uno debe dedicarse, para acompañar a la propia alma en las transformaciones?

Casi ciego por causa del SIDA, con un cuerpo que él mismo –amante de los cuerpos de los hombres- ya no podía soportar, Hervè Guibert intentó suicidarse en la víspera de su cumpleaños, y murió unos días más tarde, el 27 de diciembre de 1991.



***
Obra: Citomegalovirus, diario de hospitalización.
Autor: Hervè Guibert.
Edit: Beatrz Viterbo Editora.
63 pág.

miércoles, 3 de abril de 2013

Desaparezca Aquí

Por Pablo Durio | Literatura

Un jardín de infantes no puede –no tiene permitido- ser muy distinto de otro. Pero de pronto entre todos los nenes que están ahí hay uno que no sabe ser como los demás, que no juega con juguetes de colores, que no dibuja con crayones una familia feliz con un sol de fondo y una casa que rompe la armonía de un paisaje donde las personas son más grandes que las casas pero más infelices que el sol, que no tiene un autito en la mano ni una muñeca ni ladrillitos para armar una casa ni llora extrañando a su mamá. De pronto hay un nene entre todos que viste una polera negra y sale a caminar en la lluvia y lleva las manos en los bolsillo en señal clara de que detesta y no entiende el sinsentido hediondo del mundo que lo rodea: “No encontraba mucho placer en las cosas que les gustaban a mis compañeros: las «trepadoras» de la plaza, la calesita, los areneros, los baldecitos y las palitas,...bailar en círculos alrededor de alguna planta, todos agarraditos de las manos; sacar juguetes de bolsas, volver a guardar los juguetes en las bolsas, hacer cola para que te den leche chocolatada... todo eso me parecía sin sentido". 

Una reunión de pibes de 19 años no puede –aunque sí lo tenga permitido- ser muy distinta de otra. Pero de pronto entre todos los comentarios sobre la minita de turno, sobre los autos, sobre las borracheras, sobre qué es lo que van a hacer, hay un pibe que se levanta vestido de negro y va al baño a tomar cocaína: no soporta la superficialidad y la falta de romanticismo. Estamos en Los Ángeles, en una noche cualquiera, y ese pibe-nene es Bret Easton Ellis, nacido en esa ciudad en 1964 y autor de Menos que Cero y de su continuación, Suites Imperiales y, claro, detesta L.A. aunque le haya servido de inspiración para sus novelas y de escenario para su vida: "En Los Angeles la gente tiene serios problemas cuando pierde su belleza física porque allí todo es superficie: tienen cinco o seis años para hacer dinero, y luego, bueno, el horror". La vida de Ellis disfrazó de superficialidad su encanto real y tiñó de rock, drogas, sexo, bisexualidad, misterio y belleza todo lo que pasó por su lado y Menos que Cero fue la novela que lo catapultó al éxito y lo hizo millonario cuando sólo tenía 21 años. Después de eso vino la fama y más dinero aún destinado al descontrol: vivió durante muchos años en un departamento sin muebles durmiendo en el piso en un colchón tan destruido como sucio, rodeado de botellas vacías y botellas próximas al vacío, con todas las drogas que pudo ingerir, con sus papeles de lo que había escrito y pensaba del mundo, con las críticas despiadadas que Los-Desesperados-De-Siempre-Por-Dictar-El-Canon-De-La-Buena-y-Mala-Literatura habían hecho sobre su siguiente gran éxito: American Psico. Por suerte Los-Desesperados-De-Siempre no tuvieron razón y Menos que Cero fue una novela de culto, American Psico se convirtió en un clásico y Bret Easton Ellis es considerado la expresión de toda una generación y una gran marca e ironía de un mundo que poco tiene para ofrecer si no hay alguien dispuesto a contarlo en esos términos. 

lunes, 18 de marzo de 2013

Hoy la entrada está cubierta por stickers que dicen Britney Spears y voy a contarte por qué mientras todos hablan de Tao Lin y un cocodrilo gigante quiere comernos a todos y estoy escribiendo esto hoy.


Por Pablo Durio | Literatura

Hoy el cielo está azul y blanco con manchas azul brillante y una luna pálida y pequeña y voy a destruir nuestra relación hoy, es el libro de Tao Lin –el autor del momento y voz generacional- editado por Dakota del que hablamos el lunes pasado en Cualquiera. Abajo, como siempre, la historia. 


Un día los empleados de Gawker –un blog archiconocido de los Estados Unidos- van a trabajar y encuentran que el lugar ha sido empapelado con stickers que dicen, solamente, Britney Spears. Lo primero que piensan es en culpar a la alguna vez estrella del pop, pero alguien señala que Spears está otra vez gorda e internada y con problemas depresivos y con sus ya aburridas y poco marketineras adicciones a las drogas. Otro alguien se ríe comentando la vez que un guardaespaldas la acusó de acoso sexual. Spears ha muerto y si alguna vez soñó con ser la heredera del trono pop ahora Lady Gaga llegó para aplastarla con sus tacos ultradiseñados.

El culpable, deducen, es Tao Lin.

Tao Lin nació el 2 de julio de 1983 y vive en Manhattan. Se graduó en la Universidad de Nueva York de la carrera de periodismo, actualmente es profesor de un curso de posgrado llamado La Historia Corta Contemporánea en el Sarah Lawrence College, y fue columnista de Vice Magazine, New York Observer y Gawker. Sí, fue columnista de Gawker pero jamás se llevó bien con ellos:

“Yo sé que usted está leyendo esto. Y quiero que sepa que su mal concebida estrategia de marketing , ha garantizado en un 100% que no voy a leer nunca sus malditos libros. Usted es, tal vez, la persona más irritante con la que hemos tenido que tratar”. Esas fueron las palabras que Gawker le dedicó al ahora autor del momento y Tao Lin les contestó llenando su entrada con sticker de Spears. La venganza como una “estrategia de marketing”: justicia poética. Todos los medios hablaron de él.


La fama actual del autor se debe, en primer lugar, a su capacidad de autopromoción, a su manejo de redes sociales y de la tecnología: comparte toda su vida y no le importa, llena la entrada de una empresa con stickers y no le importa, un día se queda sin plata y vende acciones para una novela que todavía no escribió en e-bay y un señor –evidentemente cree en las capacidades de Lin- le pone 12.000 euros y a Tao no le importa lo que los demás piensen, un día da una conferencia de prensa y repite solamente una sola frase. Tao Lin dibuja hamsters y llegó a dibujar 5.000. Todo con mil, todo para miles, todo a gran escala.

miércoles, 6 de marzo de 2013

Pregúntale al lobo


Por Pablo Durio | Literatura

John Fante es el autor de la semana. Su libro Pregúntale al Polvo es protagonizado por Arturo Bandini, su otra cara. Es el tercer libro de una saga de cuatro: Espera a la Primavera, Bandini, Camino a los Ángeles, Pregúntale al Polvo y Sueños de Bunker Hill. Preguntale al Polvo fue redescubierta y aplaudida por Charles Bukowski y, en español, editada por Anagrama. Abajo la historia.

Llueve. Probablemente a nadie le importe excepto a él: el futuro gran escritor que vive en su cabeza. En el exterior -en la realidad- él sólo será un guionista más de Hollywood, pero ahí, ahora, en la primer noche que llueve en Los Ángeles en 1936 y con veintisiete años, él es un gran escritor. El próximo Gran Escritor.

John Fante está escribiendo una carta y oyendo la lluvia, seguramente está excitado: acaba de terminar Camino a los Ángeles, una novela sobre Arturo Bandini, su personaje de ficción, su autobiografía expuesta en lo que más tarde serán cuatro libros. “Camino a los Ángeles está terminada y yo estoy encantado, chico” –le escribe a Carey Williams– “Espero enviártela el viernes. Parte del contenido pondría los pelos de punta al culo de un lobo”.

No se sabe qué efecto causó sobre los lobos, lo que sí está claro es que no logró lo mismo con su editor: Camino a los Ángeles fue rechazada por la editorial Knof y se publicó recién en 1983 gracias a su entonces viuda. Fante estaba muerto y había dejado de llover.

Pero retrocedamos. Volvamos muchos años atrás. Estamos ahora en 1909 y es el 8 de abril y nadie sabe si llueve o no. Lo que sí es seguro es que Nick Fante y María Antrilli están por tener a su hijo John, al próximo gran escritor, al inspirador –reconocido y dicho por Bukowski– del “realismo sucio”, al hombre que va a sufrir su educación católica, el hecho de ser hijo de emigrantes italianos, y la pobreza en la que viven. Crece. John crece y soporta que en su escuela de educación católica lo traten de “macarroni despreciable”, crece y no soporta a su padre –un albañil que detesta a toda su familia y a sus vecinos y su país de origen y su país de adopción y no se cansa de maldecir–; crece y no soporta a su madre. Sabe que es buena, que es incondicional, escribe sobre ella como Arturo Bandini –¿su alterego?– y la ama. No así a su padre. Macarroni despreciable.

En 1932 deja la Universidad de Colorado y se traslada a los Ángeles y consigue su primer y casi único éxito: The American Mercury publica Altar Boy, con la condición de que sea enteramente tipeado en máquina de escribir, la misma máquina que obsesiona a Bandini. El gran Arturo Bandini.